jueves, 11 de mayo de 2017

¿Eres madre trabajadora y te sientes culpable?

Este artículo, publicado en el Magazine del diario La Vanguardia, fue el germen de mi primer libro: Soy madre, trabajo y me siento culpable. Bastó con colocar en las librerías un título con el que miles de mujeres se identificaban para convertirse de inmediato en un bestseller. Años después, continuamos con una lucha social, política y personal para alcanzar la conciliación de la vida laboral y familiar. Sin conciliación no es posible la igualdad de oportunidades. Pero también necesitamos recursos psicológicos que nos permitan calmar los miedos y los sentimientos de culpa. Por ello me decido a revisar esta obra y a ponerla a disposición de nuevas lectoras en edición electrónica que podéis conseguir aquí.


De vuelta a casa, tras ocho horas de rutina y tensión. A los cinco minutos de su llegada el niño empieza a berrear, desprecia el detallito que le trae y se niega a terminar la cena. «Pues ha pasado el día estupendamente», dice la canguro. Pero, si es la abuela quien lo cuida, prepara el misil y apunta donde más duele: «Te está castigando por no dedicarle más tiempo». En más de cien años de lucha, los movimientos feministas no han podido vencer aún el complejo de culpa que padece la madre trabajadora.
En la década de los 50 la sociedad americana comenzó a aceptar la entrada de la mujer en el mercado laboral y el reparto de las tareas domésticas entre los cónyuges. Había que inventarse algo para encerrar a la mujer en casita de nuevo, así que la psicología creó una imagen idealizada de la madre que a finales de nuestro siglo aún perdura. Así lo explica la socióloga Inés Alberdi en su obra La nueva familia española: «Tu hijo [del doctor Spock] se convierte en el libro de cabecera de generaciones de mujeres que van a sublimar en la maternidad sus fuerzas o energías potenciales para hacer otras cosas».
«Existe en el consciente colectivo de la sociedad el mito del instinto maternal como condición sine qua non para que una mujer se sienta completa. Esto hace que la madre se sienta muy culpable de cualquier trastorno psíquico que el niño muestre», explica Gemma Salamanca, presidenta de la Comisión de Psicología de la Mujer (Colegio Oficial de Psicólogos de Cataluña). El sentimiento de culpa comienza cuando finaliza el periodo de baja maternal y tiene sus momentos cumbre cuando el niño enferma y queda al cuidado de otra persona.

Fotografía de Pavel Prokopchik

¿Y qué pasa con el padre?

Desde los años 80 algunas campañas publicitarias ofrecen una imagen del padre protector muy diferente al de generaciones anteriores: sube al autobús con su bebé, lo llena de caricias y arrumacos, le da el biberón y cambia los pañales. La posibilidad de que sea el hombre quien pida la baja paternal es un reflejo del cambio producido en las parejas jóvenes y de las nuevas necesidades sociales.
Sin embargo, son las madres las primeras en considerar que el hombre es incapaz de cuidar al niño con el mismo esmero que ellas, especialmente en sus primeros años de vida. «Las noches en las que mi hijo enfermaba lo traía a mi cama y mi marido dormía en la del niño. Creía que él no podía controlar la fiebre del crío como yo lo hacía», así lo recuerda Cecilia, madre, profesora, presidenta de una ONG y separada. «Hace poco reñí a mi hijo por pasarse demasiadas horas delante de la tele; me dijo que no lo haría si yo pasara más tiempo con él en lugar de trabajar tanto».
El doctor Wayne W. Dyer, autor de Tus zonas erróneas, definía nuestra cultura como «productora de culpa». El ser humano experimenta este sentimiento desde la más tierna infancia y aprende a utilizarlo para manipular a los mayores. «Una conducta muy habitual es la de la provocación», añade Gemma Salamanca, «un niño puede percibir rápidamente ese sentimiento de culpa en su madre y provocarla cuando esta vuelve del trabajo, por ejemplo, con actitudes de desprecio hacia ella y manifestando una preferencia afectiva por la persona encargada de su cuidado cuando la madre no está».
La búsqueda de un espacio íntimo para la pareja también es importante en la salud psíquica de toda la familia. «Si los niños ven desde el principio que sus padres salen solos o con sus amigos adultos lo admitirán con naturalidad. El bienestar de la pareja repercutirá positivamente en el desarrollo de los pequeños», concluye Salamanca.
Es verdad que se han producido muchos cambios y que las leyes protegen cada vez más a las mujeres, pero, como dice Alberdi, la presión social «todavía amenaza la seguridad psicológica de las madres, pues la idea de abandono está siempre potencialmente presente y se utiliza para explicar cualquier problema o rasgo difícil del niño que aparezca en el futuro».

relinks.me/B072PCRS9W

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